lunes, 28 de abril de 2014

Una comida familiar en el Serengueti


   Uno de los momentos entrañables en los que la familia suele reunirse es la hora de la comida, sentados en la mesa junto a unas viandas, preparadas con cariño y esmero. Para una familia normal, la comida es algo más que alimentarse; es también la ocasión de comentar los sucesos del día, las alegrías, las penas, los éxitos, los fracasos, las múltiples minucias del día; en resumidas cuentas, es la hora de convivir. Toda esa reunión en el hogar familiar es fruto del esfuerzo de aquellos que con su trabajo permiten que esa reunión se pueda realizar, incluso varias veces al día. Esto es lo que ocurre en nuestro mundo occidental, donde en muchas ocasiones las cosas suelen ser fáciles, pero hay otro mundo en el que las cosas no son exactamente así...

1.-  Estaba amaneciendo. Había salido la mañana anterior en busca de comida, de la que la naturaleza brinda de forma gratuita. Llevaba una jornada esperando la ocasión, tuvo dos oportunidades fallidas en el último momento, pero ahora se mostraba seguro. Estaba solo. No podía fallar, tenía que conseguir su propósito necesariamente.

Por un momento, volvieron a pasar velozmente los pensamientos, que le habían estado martilleando toda la noche en una continua duermevela.  Su familia aguardaba con incertidumbre, en una eterna espera, en su hogar humilde. La mujer y sus dos hijos pequeños. En esa época, la comida era escasa. El poco mijo que cultivaban y la leche de una cabra eran su única alimentación de subsistencia; pero eso era insuficiente, necesitaban a menudo carne, carne de caza, aunque ésta era solo ocasional, y costaba mucho esfuerzo conseguirla. Hoy estaban necesitados, y, seguros de tenerla, habían preparado un poco de cerveza de mijo para acompañarla. Pero la comida no llegaba, había pasado casi un día entero.

2.- El había recorrido un largo camino buscando una presa que, hasta ahora, se le resistía. En esta ocasión, era la tercera vez que tenía una oportunidad, y había que aprovecharla. Se ocultaba entre los matorrales y arbustos, bajo unas acacias, que crecían aquí y allá, en la llanura sin fin de la sabana. El era fuerte y enjuto, ágil, paciente, con una vista de lince, capaz de otear una presa favorable en lontananza. El frío de la noche le había dejado el cuerpo agarrotado.

Ahora estaba amaneciendo en la planicie impresionante, interminable del Serengueti. Al fondo, al norte, majestuoso, el Kilimanjaro, con su cumbre aún nevada. Las brumas, deshilachadas, se levantaban del suelo permitiendo una primera visión de la realidad. El viento matutino, alentado por los primeros rayos del sol, soplaba de cara al cazador. Se encontraba apostado frente a una manada de antílopes, que así no podían percibir su olor. Estos, olvidándose del resto del mundo, pastaban los escasos brotes diseminados por el suelo rojo, casi púrpura.

El, se acercaba lentamente, reptando sin hacer ruido y casi conteniendo la respiración. Se paró, tomó una flecha, la aplicó al cordel del arco, lo tensó y apuntó. Era un antílope mediano, de buen porte. Si acertaba, tendrían, su familia y él, comida sustanciosa para varios días. Contuvo la respiración, y, sin temblarle el pulso, disparó. El antílope recibió el impacto haciendo una extraña mueca, titubeó un poco y cayó al suelo. El esperó un momento para asegurarse de que su flechazo había sido completamente efectivo. Se puso en pié, ahuyentó a la pequeña manada con un grito y se acercó. El antílope yacía inerme. Lo alzó sobre sus hombros y comenzó su larga caminata de vuelta a casa. ¡Lo había conseguido!

3.- Iba rebosante de satisfacción, llevaba comida para su gente. La caza había sido un éxito. Quedaban atrás las largas horas de búsqueda, las ocasiones fallidas, la quemazón del sol durante el día, y el frío durante la noche, y el andar sobre la tierra roja, árida, seca, que destrozaba los pies. Y la sed, en la boca y la garganta. Pero habían merecido la pena todos los esfuerzos y penalidades. Estaba acostumbrado a sufrir, pero era por una buena causa, su familia. Esas escenas de caza se repetían por necesidad. A veces costaba varias jornadas conseguir su propósito. Se sentía responsable de su pequeña familia. Era la forma de contribuir a su mantenimiento. Y lo hacía con satisfacción, con orgullo. Ese deber, y la forma de conseguirlo, lo había heredado de sus antepasados.

Desde lejos, avistó su casa, y apretó el paso, no mucho porque el antílope pesaba y sus fuerzas estaban al límite. Era ya mediodía, y la imagen anhelada de la sombra dentro de la cabaña le hizo acelerar el paso. Ya cerca, dio un grito, y salieron su mujer y sus dos hijos, que corrieron en su búsqueda.

4.- La alegría era inmensa. Los cuatro se abrazaron, formando una piña, que tardó un buen rato en disolverse; después de los saludos efusivos, comenzaron a preparar la pieza. Quitaron la piel con cuidado, prepararon el animal, separando  partes para diferentes preparaciones. Untaron la carne con un preparado de manteca y hierbas aromáticas y lo pusieron al fuego. Era una receta antigua, trasmitida de generación en generación por las mujeres de la familia. Saldría una carne tierna, sabrosa y digestiva. Acabado el asado, comenzó la comida, dando previamente gracias a Dios por habérsela proporcionado. Todos tenían buen apetito, especialmente los niños. Sus ojos abiertos expresando satisfacción, sus miradas de complicidad, los dientes blancos de sus sonrisas resaltando en sus facciones, eran la expresión de la verdadera felicidad.

Poco a poco, entre bocado y bocado, fueron desgranando los últimos hechos; primero, las hazañas de la caza, luego el estado personal de cada uno de la familia, algunos proyectos familiares, posibles acontecimientos futuros, novedades sobre los vecinos mas próximos, y sonrisas y más sonrisas, etc. etc. etc.

5.- Alguna nube apareció en el horizonte, tal vez mañana llovería, y hacía buena falta. Los últimos rayos del sol convertían en tonos violeta las faldas del Kilimanjaro. La brisa envolvía las últimas horas de la tarde en la llanura sin fin del Serengueti.

     ¡Cuantas lecciones para aquellos que nos sentamos a la mesa y dejamos que nos sirvan! Y es que, ante un plato de comida bien presentado y condimentado, conviene pensar qué hay detrás de él; cómo se han conseguido los alimentos, cómo se han elaborado, con qué toque de arte se han presentado. Y luego, de qué vamos a hablar mientras nos alimentamos; porque no vamos a estar callados, sin mirarnos siquiera a los ojos, ¡solo pendientes de  lo que tenemos en el plato!  En fin, que “eso de comer” tiene mucha “filosofía” detrás, y que es muy bueno planteársela, comprenderla, admirarla y cuidarla en familia.

“En memoria de Father Anthony Linares que vivió muchos años cerca de Serengueti”
 Artículo de Don José L.G

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